Tras extraer el jugo de la caña de azúcar en el Tren de Molinos, quedaba un residuo fibroso conocido como bagazo. Una parte se utilizaba como combustible en las calderas de la Fábrica del Pilar para generar la energía necesaria para las máquinas de vapor.
Sin embargo, el aumento de la producción generó un importante excedente de bagazo que podía aprovecharse como materia prima para fabricar celulosa y papel.
En 1953, el alcalde de Motril, Antonio Garvayo Dinelli, y el presidente de Celulosas del INI, Robles Trueba, estudiaron sobre el terreno el emplazamiento de una nueva factoría.
Aquella iniciativa acabaría dando lugar a la Fábrica de Celulosa de Motril, un nuevo capítulo de la historia industrial de la ciudad ligado directamente al aprovechamiento de la caña de azúcar.